Necesitamos desconectar

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Me dispongo, de nuevo, a escribir sobre otro capítulo de la ya conocida serie Black Mirror.  La trama se desarrolla en un futuro que perfectamente podría tratarse de nuestra sociedad dentro de pocos años porque los parecidos son indiscutibles: las redes sociales son las protagonistas, todas las personas tienen smarthphones, la comunicación se establece más entre pantallas que “cara a cara” y las personas parecen estar más pendientes de lo que pasa en sus teléfonos que de la propia realidad que viven.

Pero además, se vive en un periodo en el que uno puede mandar meils a una persona ya fallecida, o mejor dicho, con el perfil que ella tiene en la red.

Se trata de un programa de software que gracias a toda la información de las redes sociales de una persona muerta es capaz de crear un perfil de ella con su misma voz (gracias a los videos), con su mismo modo de pensar (gracias a los datos personales de cualquier cuenta), incluso con los mismos comentarios. Es decir, que virtualmente puedes seguir en contacto con esa persona.

En esta ocasión la protagonista es joven una mujer que se muda con su pareja a una casa a las afueras de la ciudad. Él fallece en lo que se supone que es un accidente de tráfico y ella se queda devastada. Una amiga le habla de que puede activar una cuenta de correo para mandarse mails con su marido ya fallecido, la protagonista lo encuentra abominable. Pero  en un momento, de desesperación, manda un meil a su marido virtual y y éste le contesta. Es entonces  cuando ella se sorprende ya que le responde como si realmente fuese él. Le empieza a gustar la idea de tener una vía de escape de vez en cuando y los mails se convierten en algo habitual

El problema es que le sabe a poco y él le cuenta que hay otro nivel de comunicación: hablar por teléfono. Lo único que tiene que hacer es mandar todos los audios que tenga y éstos se coordinaran para que cada vez que le llame le conteste como si nunca se hubiera ido. Y lo que parecía extraño se vuelve cotidiano y hasta necesario porque vuelve a esuchar su voz, sus comentarios graciosos, sus palabras de amor y cariño. Pero, de nuevo, en seguida se da cuenta de que no es suficiente con escucharle porque cada vez que se le termina la batería del móvil piensa que se va a ir para siempre y no puede soportar ese dolor. Y es entonces cuando se plantea subir al siguiente y último nivel: comprar un androide que duerme, habla, ríe, abraza, come… con el mismo aspecto físico que su marido.

Esto puede parecer salido de una novela de ciencia ficción o de alguien que tiene problemas mentales  pero imaginemos el dolor que supone perder a un ser querido, imaginemos que en nuestro dolor creemos desesperadamente que si mandamos un último mensaje nos sentiremos mejor y el dolor se hará más soportable, imaginemos que si oímos su voz será, aunque solo por un momento, como si no se hubiera ido, imaginemos que si lo vemos otra vez nos sentiremos menos triste porque podemos darle un último abrazo.

Racionalmente sabemos que no es él, pero se le parece muchísimo y lo emocional no suel star regido por la objetividad.

El precio que se paga por no superar la muerte de alguien es alto, ya que hasta que no asumamos que ha muerto, no cerraremos la herida.  El dolor por la pérdida, el llanto, la soledad y la angustia son sensaciones normales cuando una persona cercana muere. De hecho, es hasta necesario. El duelo es una consecuencia lógica y normal de una pérdida.

Es nocivo para la salud tener un duelo muy largo en el tiempo, pero también será perjudicial  no tenerlo.

La tecnología nos ayuda, eso es indudable, pero también nos provoca una sensación amarga en muchas ocasiones que se ve reflejada en comentarios como: ”no me contesta al mail que le mandé hace dos días”, “se ha conectado y no me ha respondido a lo que le he preguntado”, “he visto que ha respondido a un correo en el que estábamos todos pero al mio personal no”, “me dijo que llegó a casa a las 12 y a las 6 se ha conectado por última vez, ¿por qué me miente?”…

Yo me pregunto realmente si se puede estar alejado del móvi, del ordendor, de la tablet, del correo electrónico y del facebook  en una época en la que coger una llamada significa una oportunidad laboral y consultar el mail te puede llevar a una entrevisa. No hacerlo significa, casi siempre, que pierdes el turno, que ya no te vuelven a llamar y que te quedas de nuevo al final de la fila….es entonces cuando te torturas preguntándote ”¿Por qué no estuve más atento?” y piensas, equivcadamente, que es tu culpa.

El mal uso de las nuevas tecnologías también puede causarnos dolor, cada uno ha de valorar qué precio está dispuesto a pagar.

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Y tú…¿Mirarías?

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En esta ocasión quería simplemente reflexionar sobre la curiosidad humana y los medios de comunicación. Puede parecer una pareja extraña pero creo que casi sin darnos cuenta éstos están influyendo sobre aquella.

La curiosidad es una cualidad que nos hace seres más observadores e inteligentes, pero a la vez  buscadores de los mayores morbos e historias de otros, incluso invadiendo intimidades que no nos pertenecen. Que las personas hayan sido curiosas ha hecho que tengamos grandes avances sin los que hoy nos resultaría difícil vivir: medicamentos que parecen milagrosos, terapias que mejoran la salud mental, libros magníficos, teorías reveladoras, verdades que aclaran…

Pero en la otra cara de la moneda hay una curiosidad con un matiz diferente (ni mejor, ni peor), simplemente diferente. Me refiero a eso que solemos llamar cotilleo.

Hoy en día las cadenas de televisión emiten muchísimos reality shows que sacian nuestra curiosidad  cotilla. Estos tienen tantos detractores como adeptos. Lo cierto es que no dejan indiferente a nadie. Últimamente se han puesto muy de moda algunos. Las personas que los siguen lo hacen por diversos motivos: a algunos les divierte, a otros les entretiene, y otros confiesan que les ayuda a desconectar durante una hora del mundo en el que viven, de sus preocupaciones e inquietudes, y encuentran en ellos cierta calma que su mundo no les proporciona.

Esta reflexión cobró mucho más sentido al ver el primer capítulo de una serie actual de la que voy a permitirme contar el primer capítulo: “Una mañana el primer ministro de lo que parece el Reino Unido es despertado por sus responsables de seguridad debido a que la princesa del pueblo ha sido raptada. Él, muy confiado y tranquilo, les pregunta qué es lo que quiere el raptor esta vez: dinero, escuelas públicas, parques… pero no es nada de eso. Lo que el secuestrador quiere es que el primer ministro tenga relaciones sexuales con un cerdo en un día y a una hora determinada para que sea retransmitido en directo para todos los ciudadanos. De lo contrario la princesa será asesinada. Como es de esperar la noticia corre como la pólvora en internet y todos los ciudadanos están al corriente de la petición del secuestrador. A todo el mundo le parece algo asqueroso, repugnante, obsceno… pero cuando llega el momento todos se encuentran mirando el televisor…” Y tú… ¿mirarías?

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El camino a la felicidad

FELICIDAD

Al igual que cuidamos nuestro cuerpo haciendo dietas y ejercicio físico, la mente necesita también unos cuidados para gozar de una buena salud mental.  Éstos actúan del mismo modo que la bufanda que nos ponemos en el cuello para evitar resfriarnos o las vitaminas que tomamos para sentirnos mejor, nos previenen de futuros problemas.

El objetivo es el bienestar y la felicidad personal. Para resumirlo en una frase, se trata de cuidarse a uno mismo del mismo modo que cuidarías a un bebé. Esa es la clave para entender de qué estamos hablando, uno ha de mimarse, ha de permitirse, ha de aprender a no juzgarse y a quererse

Aquí os dejo cinco sencillas claves que, en mi opinión, mejoran el bienestar personal y funcionan como una vacuna frente a posibles problemas de índole psicológica:

1) Tener una libreta en la que apuntar todos los días tres cosas por las que haya merecido la pena ese día. No deben ser grandes cosas, sino esos pequeños detalles que hacen que uno se sienta mejor. Una buena ducha caliente, un café por la mañana, mirar a un desconocido y que te sonría, hablar con un amigo, reír por haber visto una escena graciosa, cocinar la cena, disfrutar de un buen libro, oír en la radio esa canción que tanto te gusta, sentir la propia respiración…

2) Hablarse a uno mismo amablemente. Como el lenguaje crea realidades no debemos subestimar el poder de las palabras. A lo largo de día nos pasan cosas que no deseamos: se nos cae la comida que llevábamos preparando una hora, se nos olvida comprar algo que necesitábamos, rompemos algo… y la reacción de la mayoría de personas suele ser  “¡Vaya menudo desastre que soy!”, “Me sale todo mal”, “Soy lo peor”… Todos estos pensamientos son opiniones negativas a cerca de nosotros mismos y lo único que conseguirán será activar alguna emoción negativa con el consiguiente malestar. Lo que en realidad deberíamos hacer es esforzarnos por cambiar ese lenguaje negativo por uno  más positivo: “Bueno he tenido este problema, pero no es algo desastroso”, “le puede pasar a cualquiera”, “Es normal tener fallos”… Si el lenguaje empieza a ser positivo, las emociones que surgirán también serán positivas.

3) Vivir el presente. El pasado y el futuro son dos estados  que más que vivirlos se recuerdan o se anticipan pero lo que verdaderamente se vive es el presente y es en él  donde podemos ejercer nuestro poder.  Es difícil hacerse consciente del momento presente en esta sociedad en la que mientras que uno se ducha está pensando cómo irá a su trabajo, qué se pondrá, cómo pasará el mes o dónde echará el próximo currículum…

La manera de vivir el presente será poniendo la atención en nosotros mismos, en la actividad que estamos realizando y en lo que sentimos. Por ejemplo, al darme una ducha debo estar atento a cómo está el agua, de qué manera cae sobre mi piel, cuál es su temperatura, qué sensación me produce…es, simplemente, poner atención a lo que se hace en vez de anticipar el futuro o recordar el pasado.

4) Escribir 10 cosas buenas sobre uno mismo  a modo de lista y tenerlas a mano para poder leerlas a menudo.  Puede costar un poco al principio, pero 10 es un mínimo que cualquier persona debe esforzarse en encontrar. Hemos de recordar las cosas buenas que tenemos porque son las que nos hacen especiales  y por las que sentirnos orgullosos.

5) Del mismo modo que se tiene un armario lleno de ropa para poner según se quiera, cada persona debería tener un armario lleno de frases o palabras positivas y de ánimo hacia uno mismo para poder utilizar cuando sea conveniente porque serán esos mensajes de ánimo los que verdaderamente nos reconforten.

Sería como crear un mantra propio y personal. Pero ¿qué es un mantra? “Un mantra se refiere a las sílabas, palabras o frases que se repiten como apoyo para meditar. Los mantras son recursos para proteger a nuestra mente contra los ciclos improductivos de pensamiento y acción. Aparte de sus aspectos vibracionales benéficos, los mantras sirven para enfocar y sosegar la mente

Lo mejor para  elaborar una frase  que actúe como mantra es pensar en cosas que nos diríamos a nosotros mismos para animarnos.  Por ejemplo: “Soy una persona que se merece tener éxito”, “Mi actitud es positiva”, “Me encuentro genial”, “Soy feliz”, “Soy fuerte”… Pero también podemos echar mano de citas que nos gusten de películas, libros o anuncios.

Y por si a alguien le sirve ;)… una de mis frases favoritas que pertenece a una película llamada El exótico hotel Marigold dice así: Al final todo saldrá bien y si no sale es que no es el final

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El DSM o cómo tener una visión perjudicial de la salud mental

salud-mental (la piedra filosofal)

El DSM es un manual diagnóstico y estadístico que describe y clasifica las enfermedades mentales.  Este es uno de los más influyentes en lo que se refiere a salud mental, psiquiatras, psicólogos y cualquier profesional de este ámbito lo conoce y suele trabajar bajo ese prisma.

Yo he sido una gran fan de este manual  pero ya desde hace un tiempo me pasa lo mismo que ocurre cuando ves una película de la infancia siendo adulto; te desencanta. Me he encontrado con comentarios que ahora considero hirientes e incluso veo ideas retrógradas. Y lo que en un pasado me parecía verdadero ahora me resulta algo más difícil de asumir.

Para quien no esté familiarizado, este libro recoge todos los “trastornos mentales” y los síntomas que los caracterizan. Uno de los problemas es, que todo está descrito como síntoma y cuando escribo “todo” me refiero a que: comportamientos, pensamientos y emociones que forman parte de la vida diaria de las personas se entienden, bajo este manual, como patológicos.

Periodos de tristeza acompañados de llantos, pensamientos obsesivos a cerca de la comida, imágenes de accidentes horribles, pensamientos perturbadores que parecen no pertenecernos, dificultades para dormir, problemas para conseguir orgasmos y adecuadas excitaciones, nerviosismo al conducir, miedo a tomar decisiones, sentimientos de frustración, enfados y mal humor constante… todo esto y mucho más es COMPLETAMENTE NORMAL, forma parte de la vida de cualquier persona porque una vida da para muchas experiencias.

Lo que quiero decir es que si se hicieran manuales con una visión más positiva de lo que son los “trastornos mentales”, los profesionales que se encargan de mejorar a los pacientes transmitirían esa visión esperanzadora en la que puede que tengas ansiedad pero no un trastorno de ansiedad, puede que te sientas triste durante una época pero no tengas depresión… Y que si, a pesar de todo, cumples todos los requisitos y a juicio de un clínico se te diagnostica, que este diagnóstico sea un camino de ida y vuelta.

Ponerle una etiqueta de un trastorno a alguien, será desesperanzador para la propia persona y hará que los profesionales tengan ese mismo punto de vista negativo.